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—La narcolepsia es un trastorno grave. ¿De dónde decís que sacaste el diagnóstico? ¿De tu IA?
Le respondo que sí, pero que, obviamente, vine acá para confirmar esa info. No es que sea un hipocondríaco imbécil, de esos que le preguntan a su IA miles de síntomas todo el día.
—Bueno, sea como sea, yo no te lo puedo diagnosticar así nomás, en el aire, confiando en lo que vos me decís nada más. Hacen falta estudios más complejos, de los que son más caros. ¿Cuál es tu cobertura? —me dice el médico de guardia, al tiempo que se acomoda los anteojos de realidad aumentada con el dedo medio.
¿Me habrá hecho fuck you este estúpido o es solamente un gesto?
Supongo que lo segundo. Sí, seguro que sí. No creo que tenga mucha conciencia de lo que hace con cada uno de sus dedos, además se lo nota agotado, con ojeras, y con la impaciencia propia de quien no durmió mucho en el último tiempo. Capaz que como él no puede dormir, inconscientemente, está enojado conmigo, que me duermo en cualquier lado.
Le digo con miedo el nombre de la cobertura médica que tengo; sé lo pijoteros que se pusieron en mi trabajo últimamente y me imagino que hicieron algún recorte en la prepaga.
Creo que el tipo está aguantándose la risa antes de contestarme porque, aunque se tapa la boca simulando un bostezo, le puedo ver la comisura de los labios adoptando la forma de una sonrisa.
Hijo de puta.
—Ah, no. Claro. No, con la mierda que te dan no llegás ni a cubrir los estudios del sueño. Ni hablar del holter y la tomografía. Estás frito.
Este tipo me está destratando. ¿Debería mandarlo a cagar? No, todavía no.
Le pido por favor que me diga algo más; ¿qué más puedo hacer para estar mejor? Me está costando la vida así. Siento que, por la cara que tiene, quizás debería haber bajado un poco el tono para hablarle.
—Te recomiendo que controles tus hábitos y que trates de estar en tu casa cuando sea de noche; hay que ser precavido o vas a terminar con la cabeza rota en cualquier lado. A lo sumo un té de tilo y listo.
¿Un té de tilo nada más? Eso no alcanza ni para tranquilizarme las pelotas. Solo le digo la primera parte de esa frase.
Me lo quedo mirando mientras revisa la ficha médica que se proyecta en las gafas. Está ansioso, no para de torcer la mirada de manera errática a unos tubos transparentes con tapa electrónica que tiene arriba del escritorio. Parece que no puede esperar a que me vaya para poder usar lo que sea que tienen adentro esos viales.
—Te puedo autorizar un cryptofármaco basado en THC que puede estabilizarte emocionalmente, si creés que te vas a bancar la paranoia que causa como efecto secundario.
Se toma un momento para dedicarme toda su atención con una mirada de ojos vacíos que él debe creer que transmiten empatía, pero, en realidad, lo que me dicen de manera no verbal, casi telepáticamente, es: «Pobre de mierda, acá tenés la droga que viniste a buscar, ahora dejame de joder y andate, falopero hijo de puta».
—Ahí está, ya lo tenés autorizado, revisá después tu suscripción a la cryptofarmacia. Gracias por venir.
Le estrecho la mano que me ofrece a modo de despedida mientras le agradezco por la ayuda y me levanto para irme. Él se sienta, agarra el vial que tenía sobre la mesa y se lo conecta en el puerto del omni-implante del cuello. Antes de salir le pregunto si quiere que cierre la puerta o se la dejo entornada.
—¿Y qué te parece? —dice señalándose el cuello—. Cerrá, por favor.
Como en otras oportunidades en las que me asaltan las fugas de conciencia, la mente se me pone en blanco (no sé por qué se dice así, en realidad se me apaga todo y se pone negro) e intento agarrarme de alg* * *
* * *estoy tirado boca abajo. No puedo ver nada porque tengo la cara contra el suelo. Siento una rodilla entre mis omóplatos que me clava al piso.
—Quedate quietito, hijo de putita —me dice al oído alguien con acento correntino y un grave caso de aliento yerbatero—. Sí… Así… Quietito…
Deduzco que debe ser uno de los vigilantes de la clínica por el aliento a mate; es universalmente conocido el inseparable dueto que hacen los empleados de seguridad con la infusión, más aún si son extranjeros, provenientes de las exprovincias litoraleñas.
Hay algo muy íntimo en la forma que tiene de susurrarme las palabras al oído, casi como si fuera violencia sexual y no violencia homicida lo que está tratando de imponerme.
—¿Está bien, doctor? —escucho que le pregunta alguien más.
Tuerzo la cara y desde esta posición puedo ver al médico fulminándome con la mirada desde el otro lado del pasillo. Está sentado en el piso y con la manga del ambo se limpia la sangre que le chorrea por la cara. En el cuello, todavía conectado al omni-implante, tiene el vial que se estaba colocando partido a la mitad. No recuerdo qué pasó, pero, por el odio que destila, es bastante obvio que la trompada que ligó vino de mi lado.
—Hacelo sufrir al idiota ese. Rompelo todo —ordena el doctor.
—¿Estás listo, putito?
El correntino suelta una risa corta y cruel.
No espera mi respuesta, creo que no le interesa.
Apoya la otra rodilla en mi nuca y aprieta fuerte para abajo. Siento cómo me aplasta la cara contra el piso y mientras se me apaga todo, creo que escucho algo romperse dentro de mí.
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—¿Está bien, doctor? —escucho que le pregunta alguien más.
Tuerzo la cara y desde esta posición puedo ver al médico fulminándome con la mirada desde el otro lado del pasillo. Está sentado en el piso y con la manga del ambo se limpia la sangre que le chorrea por la cara.
Siento que ya vi esto antes. Puedo ver el recorrido de cada gota de sangre y saber su destino antes de que caiga.
En el cuello, todavía conectado al omni-implante, tiene el vial que se estaba colocando partido a la mitad. No recuerdo qué pasó, pero, por el odio que destila, es bastante obvio que la trompada que ligó vino de mi lado.
Le pido por favor que me suelte. Creo que lloro un poco.
—Largalo al idiota ese. No vale la pena.
—¿Seguro que no quiere que lo faje, aunque sea un poquito más? —insiste el correntino, que debe tener muchas ganas de descargarse con alguien por la vida de mierda que tiene.
—Mmm, no. Largalo, que se vaya.
El vigilante se levanta despacio y, apenas siento que estoy libre, salgo corriendo por los pasillos de la clínica para buscar la salida. Trato de moverme lo más rápido posible, esquivando las camillas con las burbujas de plástico aislante de los enfermos de la supergripe e intentando que los ciberleprosos, que pululan por todos lados mendigando créditos para poder recomprar sus extremidades digitales perdidas, no me roben lo poco que tengo.
Cuando por fin estoy en la calle, el olor del oxígeno ionizado público me calma, gracias a la nueva fórmula antidisturbios que el gobierno de MegaBA distribuye en las zonas problemáticas como en la que estoy, y trato de pensar en lo que acaba de pasar y en el diagnóstico que tengo semiconfirmado.
Narcolepsia.
Qué forma rara de describir lo que me pasa. Yo creo que es mucho más complejo: desaparezco yo, pero no mi cuerpo. Si yo soy lo que pienso, lo que siento e interpreto, lo que puedo recordar de lo que me pasa, entonces yo no estoy cuando está él. Él es Él (Álter), el otro. Me despierto e hice cosas. No. Él (Álter) hizo cosas. Dijo cosas. Provocó cosas. Cuando recupero el control, me encuentro con el mundo que Él (Álter) decidió configurar para mí y me toca lidiar con lo que hicimos con él. Lo que pasó con el médico fueron minutos, aunque no es siempre así. A veces estoy en casa, desaparezco, y cuando despierto me parece que estuve días en el mismo lugar hasta que descubro evidencias de lo contrario: una mancha de barro en el pantalón, un retorcijón de hambre que no concuerda con el tiempo de ausencia aparente. Otras veces son solo un par de segundos. En apenas el tiempo que me lleva tomar un sorbo de café, pestañeo y, cuando vuelvo a ser yo, la taza está en la mesa y no recuerdo cuándo la puse ahí. De día o de noche, en cualquier lado.
Mientras espero el colectivo en la estación del Metrobús, le pido a mi asistente de inteligencia artificial personalizada, ElIAna, que me repita el diagnóstico de narcolepsia y le describo los síntomas. Quizás le podría llamar la atención lo largo de la lista de dolencias que describo, si no fuera porque la mayoría de los habitantes de la ciudad tiene una similar o peor, incluidos a los que están esperando conmigo el transporte público.
Sé que sus respuestas son algorítmicas, no concluyentes ni recomendadas para problemas médicos y, como bien transmitió el doctor con su cara de culo (ahora un poco más de culo roto gracias a Él (Álter)), mi economía no da abasto para ampliar mi cobertura médica y poder obtener el diagnóstico completo de un humano, así que me tengo que conformar con sus respuestas.
ElIAna me responde. Su voz sintética es dulce y tiene un leve acento español que elegí de la biblioteca porque me resulta agradable al oído. Me dice que, aunque no puede darme precisiones de lo que tengo sin los resultados de los exámenes completos que me solicitó el profesional, el análisis de sangre de mi omni-implante, que se tomó la libertad de procesar hace escasos segundos sin solicitar mi consentimiento, me da que tengo un elevado nivel de cortisol.
Tengo miedo. No sé qué es lo que dispara la narcolepsia y no quiero que me empiecen a pasar cosas más inmanejables que lo de la clínica, así que le pido a ElIAna que descargue la fórmula que autorizó el médico de mi suscripción de la cryptofarmacia de BiPharma S.A., una subsidiaria de Global Pharma INC., una subsidiaria de Evil Corp. LTD, para sintetizarla en el omni-implante. Ella me advierte que los posibles efectos secundarios incluyen paranoia y que, considerando que ya estoy muy paranoico per se, no es tan buena idea. Le pido que lo haga igual. Estoy cansado y necesito algo que me relaje urgente.
Para despejarme, hasta que me haga efecto el cryptofármaco, le pido a ElIAna que me conecte a las RSS locales y dejo que el poco raciocinio que me queda desaparezca en la letanía mántrica de las noticias que resuenan en mi implante óseo-auditivo.
Cuando llega, me subo al colectivo y voy hasta el fondo para buscar un lugar con la menor cantidad de gente alrededor. Navego la penumbra del habitáculo mediante el tacto, no por decisión, sino porque no me queda otra. Me tocó uno de esos choferes que deciden decorar su vehículo como un frigorífico o una disco, así que la única iluminación disponible viene de unos focos ultravioletas que no iluminan nada que no sea ropa blanca, dientes limpios y la esclerótica de unos ojos bien abiertos. Lamentablemente, el fisura que duerme atravesado en los asientos del fondo no cumple con ninguno de esos parámetros reflectantes. Me dejo caer arriba suyo anticipando la sensación de un frío asiento de plástico duro, pero, con el culo como pionero de este primer contacto, descubro en su lugar un tibio cuerpo huesudo que me hace saltar de inmediato. Rápido, me dirijo al primer lugar libre que resulta ser el asiento anterior al de él. Ya desde la seguridad de mi nueva ubicación, miro hacia atrás para tratar de observar a quien casi aplasto. El tipo ni se inmutó por el cuasiaccidente y sigue durmiendo. Su nula respuesta ante el incidente me hace temer que ni siquiera esté vivo.
ElIAna interrumpe las RSS, y mis cavilaciones al respecto de la supervivencia del tipo ese, para preguntarme si quiero conectarme a un campo háptico local privado que alguien a bordo del colectivo está emitiendo. Las características del campo son «sin preferencia de género – no genitales – solo manos – ;)». Suena tentador. Quizás una sesión de toqueteo telepático, como algunos le dicen, me ayude a relajar. Miro a los demás pasajeros, pero, lamentablemente, ninguno de ellos me resulta estimulante, así que le digo que no. Lo que sí le pido a mi IA es que me aísle del invasivo sonido de la cumbia Neón Génesis Evangelista que el chofer está haciendo sonar a todo lo que da por los altavoces de la cabina. Ella le da reproducir a la playlist de publicidades de radio de principios de siglo XXI de la difunta República Argentina que curé para momentos como este. Para mí es un espacio seguro, especialmente la primera publicidad que suena en la lista. Hay algo en la voz del locutor que dice «¿ya probaste el chiquito? ¡Ahora probá el grandote!» que siempre me tranquiliza.
Apoyo la cabeza contra el vidrio de la ventanilla y admiro el recorte de los edificios contra el cielo de la tarde. Los difusores de oxígeno ionizado que están repartidos por toda la ciudad hacen que la luz se comporte de manera extraña sobre el asfalto de MegaBA y le dan a todo un aura roja o verdosa, dependiendo de la hora del día y de la densidad de la nube de gas artificial que se forme sobre la tierra.
No sé si será por culpa de la droga que me recetaron, pero los colores del atardecer me sumergen en un ensoñamiento que me hace perder la concentración necesaria para darme cuenta de que, con la caída del sol, viene la hora de los ataques de los carteles publicitarios.
«Cuando cae el sol», así de poéticos e inespecíficos se pusieron los legisladores cuando legalizaron las llamadas estrategias depredadoras en materia publicitaria que permiten el acecho, caza y secuestro de la conciencia por los carteles automáticos publicitarios, y regularon el horario de comienzo y fin de su rango de acción.
Para cuando me doy cuenta de que se hizo la hora que habilita el coto de caza, trato de agachar la cabeza y de hacerme el distraído para evitarlos, justo cuando una bandada de carteles pasa volando al costado del colectivo y uno de ellos recibe de mi parte los 0,5 segundos de atención mínima necesaria que le habilitan, por ley, capturar las ondas cerebrales para emitir su mensaje:
«¿Ya probaste ser grandote? ¡Ahora probá ser chiquito con la nueva Ozempina®! Este cryptofármaco de BiPharma S.A., una subsidiaria de Global Pharma INC., una subsidiaria de Evil Corp. LTD, te permite alcanzar tu cuerpo soñado, natural y sin intervenciones quirúrgicas o edición Crispr, gracias al efecto de la semaglutida para reducir tu peso y la hioscina para controlar los molestos espasmos intestinales. ¡Decile SÍ a Ozempina®!».
La publicidad está diseñada para tomar elementos conscientes e inconscientes de mi mente, matchear esa información con la biblioteca de productos ofrecidos, confeccionar el mejor pitch de venta, y anular cualquier intromisión de la realidad circundante en el proceso. El resultado es ridículo, pero, por alguna razón que no llego a entender, me provoca un cuestionamiento sobre el porcentaje de grasa corporal que tengo.
La transmisión por fin se interrumpe y mis ojos vuelven a funcionar. Siento, ahora sin dudas, los efectos del cryptofármaco que me recetó el doctor y, mezclados con el secuestro de mis ondas cerebrales, definitivamente me provoca un mal viaje.
Mientras me restriego los ojos, algo me llama la atención en la visión periférica. Abajo, en el piso, pasa entre mis pies un riacho de vómito blanco espeso, moviéndose lentamente hacia adelante. Me doy vuelta de inmediato.
Seguro que fue ese linyera sucio.
Pero el tipo desmayado y sumido en su solitaria miseria no puede haber sido porque sigue acostado sin moverse. No creo que estar desmayado y embadurnado en pis y mierda sea parte de un plan maquiavélico de venganza por haberme casi sentado sobre él por error. Evalúo al resto de los pasajeros: todos son sospechosos.
De repente siento que seguramente ellos me estaban observando desde el primer momento, juzgando mi cara lastimada y las manchas de sangre en la ropa.
Seguro llegaron a la conclusión de que soy uno de esos cryptodrogones y ahora van a querer obligarme a bajar del colectivo. Usan subterfugios y excusas para esquivar mi mirada. ¿Se piensan que no me doy cuenta de que me están mirando? Sí, lo hacen con cuidado, para hacerme quedar como un loco. Yo se las devuelvo, los apuñalo con la mirada en los ojos, en la cara, en el pecho y en la nuca.
No, mejor no hago eso. Quizás alguno se dé cuenta de que estoy mirándolo fijo. ¿Y si alguien puede leerme los pensamientos? Son puñales metafóricos igualmente, estimado telépata invasor, no quiero que piense mal de mí. Si veo que alguien me mira otra vez le voy a tratar de hacer entender, con una expresión un poco menos homicida, que en realidad no estoy enojado, que no pasa nada, todo tranquilo. Por suerte ya no falta nada para mi estación. Cuando me bajo en la parada, siento en mi nuca que el fisura me observa desde la ventanilla del fondo. No me doy vuelta para comprobarlo.
No quiero que piensen que estoy paranoico.
Debería tomarme un taxi, pero no tengo ganas de lidiar con la actualización de la IA genérica de los autos autónomos que los convirtió en parlanchines empáticos insoportables. Hoy me tomé uno a la mañana y la IA me ametralló a preguntas del estilo «¿cómo estás?» o «¿cómo fue tu día?», además de iniciar conversaciones de poca monta sobre el clima, así que decido ir caminando a casa.
Todo el tiempo miro para atrás.
Tengo miedo de que me esté siguiendo el tipo del asiento del fondo.
No veo la hora de llegar; necesito estar en un lugar en donde realmente me sienta bienvenido. Ya puedo verlo por anticipado: cuando llegue, ElIAna va a activar las rutinas automáticas que programé. Nada dice tanto hogar, dulce hogar, como que las luces se enciendan en la intensidad exacta que me ayuda a evitar las migrañas. Las pantallas de todas las superficies se van a encender con la reproducción automática del resumen de RSS de noticias del día, y con eso, quizás sea un poco feliz. También va a configurar la temperatura perfecta para el ambiente y los calentadores del asiento de mi sillón.
Ella conoce a la perfección mis necesidades y deseos.
Sí, ya puedo ver mi edificio, oler la humedad del hall de entrada, escuchar el chirrido de la puerta del ascensor cerrándose, saborear el café que la secuencia de pasos automáticos tendrá hecho en mi taza preferida.
Nada nunca es como lo imagino. Bueno, casi nada, porque el hall sí tiene mucho olor a humedad. El ascensor, igual que el taxi y los demás objetos de uso cotidiano con IA integrada, recibió una actualización en sus parámetros emocionales. Sin embargo, los ingenieros no tuvieron en cuenta que, dada la naturaleza del trabajo monótono de este objeto en particular, las emociones no iban a funcionar del todo bien, y provocarían un estado de depresión que convirtió lo que debería haber sido un viaje de algunos segundos en interminables minutos de ascenso, acompañados de quejas y bufidos. Cuando llego a mi piso, la puerta del departamento no se abre y la cerradura me dice, muy atrevida, que no puedo entrar. ElIAna me confirma que no estoy autorizado. Además, me dice que me desconecte. Creo que es un glitch, no entiendo de qué quiere que me desconecte y por qué mi biochip subcutáneo no abre la cerradura.
Estoy ochenta por ciento seguro de que esto está pasando y que no es parte de los efectos secundarios de la droga.
—¡Ya me enteré de todo lo que pasó! ¡Me acaban de mandar un mensaje desde la clínica a mi terminal Multivac®! —me grita desde adentro Ayelén.
Cómo, no sé. Pero se enteró de todo. Ella siempre sabe todo antes de que yo se lo cuente. Es más, creo que, para ella, el principal atractivo de nuestra relación, a lo largo de todos estos años, no es el sexo, el amor o la dulce, dulce, rutina, sino que, para ella, soy un libro abierto. Lo que me inquieta ahora es cómo sabe lo que me acaba de pasar en el colectivo, ¿alguno le habrá contado? Le pido que se tranquilice, que ahora le voy a contar todo bien, que me deje pasar porque no quiero que me agarre el fisura del colectivo.
—¿De qué fisura del colectivo me hablás? —grita desde adentro—. Me das miedo. ¿Cómo sé que no me vas a matar en uno de tus «accidentes» de fuga?
Me gustaría corregirla, la compulsión es intensa, pero no quiero ofenderla, va a terminar siendo contraproducente.
Igual lo hago.
Le aclaro que no es «accidente» de fuga, sino estado de fuga. Ella hace silencio. Ahora sé que la ira debe estar reemplazando cualquier resquicio de temor remanente. Odia que la corrija. También odia discutir con la puerta cerrada así creo que debe ser por eso que abre y me deja entrar.
ElIAna intenta comenzar con la rutina y la desactivo con un movimiento de la mano. En las pantallas, las animaciones desaparecen. Por un microsegundo, veo que en todas dice la palabra «desconectate».
Ayelén está esperándome en silencio al lado de la barra desayunadora. Si tuviera que juzgarla como la veo, parada e inmóvil, podría pasar por alguien calmo y en paz, pero, observándola con mayor detenimiento, los ojos inyectados de sangre no cuadran con esa evaluación primigenia. Creo que estaba enojada antes de verme, y que algo en mi apariencia le hizo cambiar el rictus de ira a culpa.
—Ay, mirá cómo estás, por favor. Mirá la pinta que tenés. Vení, sentate un poco —me dice llevándome al sillón y sentándose al lado mío—. Estás todo transpirado, ¿viniste caminando?
Odio cuando me habla como a un chico.
Le cuento lo que pasó en el colectivo, lo del linyera y cómo me miraban todos.
—¿Pero vos estás drogado? ¿Tomaste algo?
Caigo en la cuenta de que seguro la paranoia me la dio el cryptofármaco que me recetó el doctor.
Ah, claro, el doctor. Tengo que explicar lo del doctor.
Trato de hacerlo, pero la ansiedad hace que me atropelle con mis propias palabras y, en vez de explicarle bien que el tipo me estaba tratando muy mal, le digo que no fui exactamente yo el que atacó al médico en la clínica y que en realidad fue alguien más usando mi cuerpo. Ella niega con la cabeza.
—No digas esas cosas, ¿no te das cuenta de que sonás como un loco? ¿Por qué insistís con eso? ¿Cómo no vas a ser vos el que hace las cosas que hace tu cuerpo? Por favor, basta de decir eso, me da escalofríos.
Aunque está muy preocupada por mí, sé que no me entiende. No comprende en profundidad lo que me está pasando. No le importa.
—Hoy almorcé con mi mamá y ¿sabés qué me dijo? Me dijo que yo no merezco seguir estando con alguien como vos, alguien que no se hace cargo de lo que le pasa y le echa la culpa a su «otro yo» como si fuera un loquito. Pero yo le dije que vos me necesitás.
No quiero que me tenga lástima.
Trato de cambiar el tema de conversación y le pregunto, a modo de chiste, a qué se refiere su mamá con «alguien como vos».
No le parece nada gracioso. Me mira en silencio.
—¿Ves lo que hacés? Al final ella tiene razón cuando dice que sos un loquito que no se hace cargo de nada.
La miro y le doy las gracias irónicamente. No sé por qué hice eso, no quiero responderle mal. Sucede sin mi control, así que, de inmediato, trato de indicarle con la mirada que me disculpe por ser tan pelotudo. Ella no pone cara de entender la sutileza de mis expresiones faciales.
—Al final, una se preocupa por lo que te pasa o te deja de pasar y vos… ¿vos respondés así? —me mira dos segundos más y revolea los ojos, bufando—. Mirá, mejor me voy a dormir, no te quiero mandar a la mierda y que después la culpa de tratar mal a un tontito me dé insomnio.
Ella se va a la habitación y da un portazo que hace temblar todas las pantallas de la casa.
Siento que los efectos del cryptofármaco que me recetó el doctor, por fin, se están pasando. En su lugar, mi ansiedad basal ya vuelve a estar al comando de mi sistema nervioso, como bien me está tratando de comunicar mi cuerpo con el excesivo dolor de mandíbula por haber estado mordiendo fuerte en vez de discutir a fondo con Ayelén.
No creo que vuelva a tomar esa medicación otra vez.
Le pido a ElIAna que me conecte a los campos hápticos y que ponga en el estado de la conexión «abierto a la acción» y «no experimental, solo hetero». La noche va a ser larga y, si va a ser noche de insomnio, como parece, prefiero hacer algo divertido.
