
Cuando terminé con Nicolás, o más bien, cuando Nicolás terminó conmigo —en el sentido de que me rompió en mil pedazos—, juré no volver a cometer el error de enamorarme, sobre todo, de alguien que, a ojos vistas, estaba fuera de mi alcance.
Después de un par de días de llanto inconsolable y de otros tantos de vapulearme por no ser lo suficientemente bueno, logré recolectar los fragmentos de mi maltrecho corazón y reconstruir mi frágil autoestima. Dejé de ser un zombi y, poco a poco, regresé al mundo de los vivos. Tomé la decisión consciente de no volver a involucrarme con nadie para algo más que un garche casual. A fin de cuentas, era mucho más fácil tener sexo con extraños que arriesgarme a sentir algo, a salir lastimado una vez más.
Debería haber sabido, por supuesto, que aquella filosofía de vida era insostenible en el tiempo. Después de todo, como escribió alguna vez Emily Dickinson, «El corazón quiere lo que quiere».
El muro que alcé a mi alrededor después de lo de Nicolás me protegió con mucho éxito durante tres años, siete meses y quince días. Y entonces, cuando él apareció en la oficina, las paredes que con tanto empeño había levantado comenzaron a derrumbarse ladrillo a ladrillo sin que yo pudiera hacer nada al respecto.

Ocurrió un viernes por la tarde.
Faltaba poco menos de una hora para que se acabara mi jornada laboral, pero no me sentía inclinado a regresar a mi departamento. Estábamos a mediados de febrero y en la calle hacía un calor infernal. El aire acondicionado mantenía la oficina a una temperatura perfecta y, si bien tenía uno en casa, el trayecto de regreso era un paseo por el averno que no se me antojaba en lo más mínimo. Quería postergar el recorrido de aquellas terribles diez cuadras tanto como pudiera.
Alguien puteó por lo bajo y aporreó el mouse contra el escritorio como si el pobre aparato tuviera la culpa. Me incliné apenas hacia adelante y vi, en diagonal, a Sol con los cachetes inflados, signo inequívoco de que estaba conteniendo un grito de frustración. El cabello rubio dorado le caía en ondas sobre la piel tostada del hombro derecho. Cuando hacía gestos como aquel, lejos de verse molesta y frustrada, se veía adorable.
—¿Qué pasó? —pregunté.
Éramos cuatro en la mesa para seis que nos servía de escritorio compartido y María Laura, también conocida como Malú, que se sentaba a la derecha de Sol, ya le estaba ofreciendo su ayuda. La vi subirse los lentes sobre el puente de la nariz, como hacía siempre que quería concentrarse. Se hizo con el mouse e intentó algo, pero no pareció dar frutos. Sol me miró haciendo pucheros.
—Tengo que entregar catorce archivos, la página del cliente me tiró error en doce y no sé qué está mal.
—¿No les falta ninguna etiqueta?
Negó con la cabeza.
—Los revisé dos veces.
—No se entiende el mensaje de error —acotó Malú, que seguía manipulando la computadora y ahora se había apropiado también del teclado de Sol.
Escondido detrás del monitor que se encontraba justo frente al mío —en la mesa que nos sentábamos tres de cada lado, enfrentados—, Elías propuso algo, pero Malú señaló que ya lo habían intentado. Alguien de la otra isla de escritorios con la que compartíamos espacio lanzó al aire una posible solución, algo que Sol también ya había probado. Aquella era una de las grandes virtudes de la empresa en la que trabajaba: todo el mundo estaba siempre dispuesto a echarte una mano, pertenecieras o no a su equipo.
—A ver si se me ocurre algo —dije en voz alta, mientras me levantaba de la silla y rodeaba la mesa. Pasé junto a los lugares vacíos de Ivana, que ya se había marchado, y de Sebastián, el líder del equipo, que estaba capacitando a gente nueva.
Malú regresó a lo suyo en cuanto me ubiqué a la izquierda de Sol, porque tenía un par de entregas pendientes de las que ocuparse. Yo, en cambio, ya había terminado con todo lo que era urgente, así que podía permitirme unos minutos de distracción. Tomé el mouse y revisé un par de mensajes de error antes de decidir que el texto en rojo, como me había adelantado Malú, no decía nada útil. Lo que sí me resultó valioso fueron los nombres de los archivos que habían dado error. Cada uno tenía un código de idioma distinto y, casualmente, los únicos archivos que se habían subido con éxito eran los de español.
Le hice un par de preguntas a Sol y descubrí que era un proyecto de traducción de dos archivos a siete idiomas. El cliente le había mandado solo dos originales que ella había utilizado para los siete idiomas indistintamente, porque no había recibido instrucciones particulares al respecto y tampoco se le había ocurrido preguntar. Siguiendo una corazonada, abrí el archivo de francés en una herramienta que nos permitía leer el código y descubrí que en la línea en la que debía figurar el indicador del idioma correspondiente, tenía el de español. Todos los archivos que habían dado error estaban configurados con el mismo idioma. Por suerte, se trataba de algo fácil de arreglar.
—¡Ay, Teo, me salvaste la vida! —exclamó Sol con dramatismo, y me abrazó por la cintura.
Oí que la puerta de la oficina se abría a nuestras espaldas y escuché primero la voz de Cata, la líder del equipo que se ocupaba de los clientes de Estados Unidos, y una de mis mejores amigas. Les estaba explicando a los chicos nuevos que esa era la PMO, la Project Management Office, y cómo nos encontrábamos divididos. Sol me dio un último apretón amistoso y yo regresé a mi lugar.
Cuando me senté, vi que Cata se había llevado a su lado de la oficina a una chica mofletuda de largo cabello castaño, con una enorme sonrisa expectante pintada en el rostro. Sebastián, nuestro líder —Seba, para los amigos—, que llevaba el cabello rapado teñido de un brillante rosa chicle, le estaba indicando al otro chico los nombres de cada uno de los miembros de nuestro equipo.
Mi mirada se detuvo en el nuevo. Era bastante más bajo que el metro ochenta de Seba y parecía algo cohibido. Llevaba el cabello castaño oscuro prolijamente peinado hacia el costado y unas gafas de montura redonda tras las cuales se escondían los ojos azules más impresionantes que había visto en mi vida, dos invaluables zafiros que me atraían con fuerza magnética. Tenía la piel pálida y ni rastros de sombra de barba. Debía de rondar la veintena. Sonreía con timidez; la sonrisa más cautivadora del mundo.
Apenas si alcancé a reaccionar cuando Seba me presentó. Le dirigí al nuevo —no había escuchado su nombre— un breve asentimiento a modo de saludo e intenté concentrarme en lo que me mostraba el monitor. Pero no parecía ser capaz de recordar qué había estado haciendo antes de ayudar a Sol. La repentina aparición de aquel chico de mirada serena como el mar en reposo me había descolocado. Sentía en el estómago un revoloteo que me resultaba familiar y eché mano de mi botella de agua para beber un buen trago.
Quizá así lograra ahogar las mariposas, porque aquello no tenía sentido.
—¿Alguien está libre para mostrarle algún proyecto a Álvaro?
«Álvaro», pensé. «Bonito nombre».
Por lo general, era Malú quien se encargaba de mostrarle el trabajo a la gente nueva, porque era una de las que tenía mayor antigüedad en el equipo. Además, era buena explicando los procesos paso a paso y tenía mucha paciencia. Yo, pese a que tenía talento para resolver problemas, no contaba con esa cualidad. Solía frustrarme demasiado de prisa cuando alguien era incapaz de seguir mi línea de pensamiento.
Por eso fue una sorpresa cuando alcé la mano en el aire.
—Yo tengo algo para mostrarle —dije, y le di un correctivo a esa parte de mi cerebro que se desternilló con el doble sentido de la frase—. Es algo que llegó recién, pero no es urgente.
Eso era lo que había estado haciendo antes de levantarme a socorrer a Sol, decidir si valía la pena largar ese proyecto esa tarde o si podía posponerlo para la mañana siguiente. Era una traducción a cinco idiomas de las descripciones de una serie de cargadores para vehículos eléctricos. El cliente, que tenía una de sus oficinas principales en Alemania, solía ser muy generoso con las fechas de entrega.
—¿No te tenés que ir en breve?
Me encogí de hombros.
—Cualquier cosa es mejor que salir a asarme en la calle.
Seba entrecerró apenas los ojos y yo mantuve cara de póker. Que tu jefe fuera, además, tu amigo y te conociera tan bien podía jugar en tu contra.
—Okey, andá con Teo —le indicó al nuevo.
Álvaro asintió, obediente, y recorrió el breve camino alrededor de la mesa con el nerviosismo de alguien que quiere causar una buena primera impresión. Me dirigió una breve sonrisa mientras acercaba la silla vacía que había a mi izquierda, donde se solía sentar Ivana, y abrió una libreta negra de tapa dura con las letras «PA» de Point Across, el nombre de la empresa, grabadas en brillante carmín.
Advertí de reojo que había tomado muchísimas notas durante la primera parte de la capacitación, casi la mitad de las hojas estaban llenas. Aquello podía significar tanto que era responsable, aplicado y prestaba atención, como que era un completo desastre. La chica a la que no le habían renovado el contrato tras sus tres meses de prueba, y a quien Álvaro, presuntamente, venía a reemplazar, era del último tipo.
Comencé explicándole a Álvaro cómo nos organizábamos para revisar la bandeja de entrada compartida en la que recibíamos los pedidos de todos nuestros clientes. Hice lo posible por sonar centrado y profesional, apartando la mirada de la pantalla de cuando en cuando solo para asegurarme de que el nuevo entendía lo que le estaba mostrando. No quería perderme en sus ojos azulados o en la delicada línea del mentón, mucho menos distraerme con el embriagador perfume dulzón que me inundaba las fosas nasales.
Me reprendí mentalmente mientras le enseñaba la parte más técnica, el procesamiento de los archivos en nuestro software de traducción asistida por computadora —CAT tool, en nuestra jerga diaria. Si el chico iba a empezar a trabajar con nosotros, entonces interesarme por él era completamente inaceptable, incluso aunque fuese solo para sexo casual. En primer lugar, porque acostarte con uno de tus compañeros de trabajo siempre es un error, y desde el primer día yo me había prometido no caer en ese agujero negro. En segundo lugar, porque incluso si no mezclar trabajo con placer no fuera una de mis máximas, Álvaro no parecía el tipo de chicos que se acostaría con alguien solo para sacarse las ganas.
Y eso era todo lo que yo podía permitirme.
—Ya sé que es mucho —le dije, cuando terminé de asignar el proyecto—, pero se vuelve más fácil con la práctica.
Él se pasó una mano por el cuello y apretó los labios en una sonrisa tímida. Parecía abrumado y me pregunté si quizá no había ido demasiado rápido. Pese a que había hecho mi mejor esfuerzo para moderar mi ritmo y le había asegurado que podía pararme y pedirme que repitiera todo en cualquier momento, quizá había resultado demasiado avasallador.
Lo vi dudar un segundo, la mirada fija en la pantalla, y me mordí el labio inferior. ¿Cómo alguien a quien acababa de conocer podía resultarme tan encantador? El brillo de concentración en sus ojos azules, las delicadas líneas del ceño ligeramente fruncido, la manera en que sus mejillas pálidas se tiñeron con un casi imperceptible rubor cuando abrió la boca para hacer una pregunta.
—¿Me podrías explicar de nuevo la selección de los traductores? —Me dirigió una mirada breve y luego bajó la cabeza, como si estuviera avergonzado, mientras recorría sus notas—. Creo que me perdí un poco en esa parte.
Le sonreí con confianza.
—Por supuesto, no hay problema.

Regresé a mi departamento una hora y media después de lo acostumbrado y solo porque Seba prácticamente me echó de la oficina, acusándome de adicto al trabajo. Prendí el aire acondicionado, porque el comedor era un horno, inundado del calor denso de la tarde, y pasé derecho al baño. Dejé que el agua helada de la ducha se llevara consigo el sudor y me refrescara el cuerpo.
Salí con una toalla blanca alrededor de la cintura, una costumbre de la que no había podido desprenderme pese a que hacía casi seis años que vivía solo. En mi habitación, arriba de la cómoda de madera, me esperaban la crema para peinar y el secador. No me consideraba una persona vanidosa, de esas que cuidan demasiado su aspecto, pero, en lo que respectaba a mi cabello, era bastante meticuloso. Lo llevaba largo hasta la altura de los hombros y me gustaba que las ondas naturales quedaran siempre bien definidas, incluso aunque muchas veces acostumbrara a atármelo en un moño o en una media coleta.
Acababa de terminar de secarme el cabello y estaba a punto de cambiarme cuando alguien llamó a la puerta. Fruncí el ceño, confundido. No esperaba visitas y, de todos modos, lo lógico habría sido que cualquiera llamara al portero del edificio.
Dejé caer la toalla, me calcé un bóxer negro, un pantalón corto que usaba para ir al gimnasio y una musculosa blanca y abandoné el cuarto. Cuando observé por la mirilla de la puerta, me llevé una grata sorpresa.
—¿Y vos qué hacés acá? —pregunté con una media sonrisa.
El chico se acomodó la correa de la mochila que llevaba colgando del hombro y enarcó una ceja.
—¿No me vas a invitar a pasar?
Me tomé dos segundos para observar por el pasillo, pero no había ningún ojo curioso dando vueltas. Me aparté y Lucas pasó junto a mí, no sin antes recorrerme ávidamente con la mirada. Soltó la mochila, que cayó al suelo con un golpe seco, y se tiró sobre el sofá. Cuando estiró los brazos y se quitó unos mechones de cabello rubio del rostro, la remera que llevaba puesta se elevó unos centímetros y dejó al descubierto la piel pálida de un estómago plano.
—Gladys me cambió el horario de la clase de hoy, recién termino.
Gladys era una profesora de Física que vivía en el octavo piso y que preparaba a alumnos para el ingreso a las carreras de Ingeniería. Lucas, después de dos años de luchar con Abogacía, un deseo asfixiante de su padre, había decidido cambiar de carrera. Como Física le costaba, su madre le estaba pagando las clases particulares.
Nuestros caminos se habían cruzado una tarde en la que, mientras buscaba en Grindr a alguien que me quitara de encima un poco de tensión tras una jornada estresante, el perfil de Lucas me había aparecido a cero metros. Después de aquella primera vez, cogimos todos los viernes por la tarde durante casi un mes hasta que a Gladys se le ocurrió cambiarle el horario.
Aquello funcionaba solo porque era algo casual, casi accidental. Por lo general, no me gustaba acostarme con la misma persona más de un par de veces, porque aquello daba lugar a charlas trascendentales, a indagar en la vida del otro.
—Si hubieses terminado un rato antes, no me habrías encontrado. Llegué recién del trabajo —le dije, mientras me paraba frente a él, entre sus piernas abiertas. Llevaba puesto unos pantalones de jean ajustadísimos.
—Qué suerte que los astros se alinearon, entonces —sonrió, mientras se inclinaba hacia adelante, me tomaba de la cintura, me levantaba la musculosa y comenzaba a besarme el estómago.
A fin de cuentas, aquella no era una visita social.
Cerré los ojos y pasé los dedos por entre los bucles rubios de Lucas, que ya me había bajado los pantalones cortos hasta los tobillos y ahora me recorría la entrepierna con los labios por encima de la delicada tela del bóxer. Con cada caricia fui poniéndome más y más duro. Aquello era exactamente lo que necesitaba para no pensar en Álvaro y en esa belleza tan delicada que te quitaba el aliento: recordarme que todo lo que podía tener era un poco de sexo sin ataduras, porque esa era la única manera de protegerme.
Excepto, claro, que sí estaba pensando en Álvaro.
Incluso cuando tenía la boca de Lucas alrededor de la pija, haciéndome cosas con la lengua que me hacían poner los ojos en blanco, una parte de mí no podía dejar de pensar en la mirada zafírea del chico nuevo. Y pese a que en ese momento decidí no darle demasiada importancia y perderme en las atenciones de mi acompañante, debería haber sabido que aquello no era una buena señal.
